Ser y vivir sin serlo

Nota: Publicamos el ensayo escrito por Eduardo A. Náter Ramos, estudiante de Maestría en Ingeniería Civil de la Universidad de Illinois y ganador del tercer lugar del segundo concurso de ensayos de Proyecto Estrella.  El tema de discusión fue por qué el estatus territorial de Puerto Rico es indigno y obstáculo para el bienestar de los puertorriqueños.

“Toda persona nacida en Puerto Rico en o después del 11 de abril de 1899 (ya sea antes o después de la fecha en que entre en vigor esta Ley) y que no sean ciudadanos, súbditos o nacionales de alguna potencia extranjera, se declaran por la presente ciudadanos de los Estados Unidos.” – Acta Jones (1917)

Los puertorriqueños, por casi ya un siglo, nacemos ciudadanos americanos. Esto no es cualquier tipo de derecho. Tan pronto abrimos los ojos por primera vez en este mundo, adquirimos una ciudadanía por la cual millones murieron forjándola, adquiriéndola y defendiéndola.

Somos tan ciudadanos de los Estados Unidos de America como lo es alguien nacido en Nueva York o California, en Illinois o Luisiana. Pero, ¿vivimos esa realidad? Desafortunadamente, según lo definió el Tribunal Supremo de Estados Unidos, residimos en un territorio no-incorporado de la nación de la cual orgullosamente somos ciudadanos. Donde la Constitución Americana no necesariamente es plena. Donde los derechos y responsabilidades que conlleva el ser ciudadano están limitados, subyugados a cláusulas arbitrarias en proyectos de ley y a los caprichos de congresistas que jamás han pisado suelo puertorriqueño y desconocen nuestra realidad.

Sobre el voto presidencial y la representación en el Congreso Federal se ha hablado a saciedad. También se ha hecho lo propio con los fondos federales que recibimos o dejamos de recibir. ¿Y que de otras cosas más cotidianas, situaciones que se dan día a día y no son tema usual de conversación? Es ahí donde reside una de las mayores razones por las cuales somos ciudadanos americanos pero vivimos sin serlo.

En los pasados meses he estado experimentando lo que es exactamente eso. Desde el Estado de Illinois, como estudiante de maestría en Ingeniería Civil de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, he vivido en carne propia lo que es ser ciudadano americano y la frustración que produce no ser reconocido como uno diariamente. No es porque no presento mis identificaciones del “ELA”, como la licencia de conducir o la tarjeta electoral, es porque éstas no se reconocen como identificaciones legítimas de los Estados Unidos de América. Inclusive, para realizar una transacción bancaria, en una ocasión se me pidieron dos identificaciones. Presenté, como mencioné anteriormente, la licencia de conducir y la tarjeta electoral. Para mi sorpresa, se me notificó que no podía utilizar la tarjeta de identificación electoral porque solamente la aceptaban para personas provenientes de México y, como era de esperarse, tampoco la licencia de conducir.

Al presentar estas identificaciones, sale inmediatamente la nefasta pregunta: “¿No tienes una identificación americana? Ésta no te la puedo aceptar.” La respuesta a esa pregunta sale automáticamente y cada vez con mas resentimiento: “Esta es una identificación americana, Puerto Rico es un territorio de los Estados Unidos y todos los puertorriqueños somos ciudadanos americanos por nacimiento.” Sin embargo, las caras de duda e incredulidad son un producto casi inevitable de mi respuesta. Pero, para culminar triunfante otra batalla ante el “ELA”, ante la colonia del medio milenio, ante la desigualdad y comprobar algo que no debería tener que comprobar, vez tras vez procedo a dar la estocada final con un pequeño libro azul con un águila y letras doradas en la portada que leen: “PASSPORT – United States of America”.

Ese pequeño libro en tamaño pero extraordinario en su capacidad de empoderamiento, específicamente donde lee “Nationality: United States of America”, hace todo lo que el “ELA” no hace por los puertorriqueños. Nos libera, aunque sea por unos instantes, del coloniaje que por medio milenio el puertorriqueño ha cargado en su espalda. Nos da la igualdad que nos merecemos desde que nacemos. Nos hace realmente parte del sueño americano del que somos herederos por derecho natural. Hace que alguien, en alguna parte de tu nación, reconozca que eres un ciudadano americano al igual que él o ella y se dé cuenta que el trato que se te está dando no es justo.

¿Por cuánto tiempo más tendremos que caminar por las calles de nuestra propia nación con un pasaporte en el bolsillo como si fuéramos extranjeros, súbditos de otra nación? El “ELA”, y todo lo relacionado a él, solamente es válido en ese microcosmos imaginario, creado y mantenido por parte de sus defensores. Una vez te extraes de ese mundo ficticio, te das con la cruda realidad de que afuera de los límites insulares nada del “ELA” es válido. Tus identificaciones de la Isla del Encanto, para nuestros compatriotas en los estados, son precisamente un encanto, una ilusión. Al final del camino, son tan valiosas como el papel o el plástico con el que están hechas. Con ellas no puedes comprobar y corroborar que eres ciudadano americano, no puedes defender tu edad, en fin, te conviertes en un extranjero sin identidad en tu propia nación.

Nuestra ciudadanía americana no tan solo debería ser valida y reconocida en el “112×40”. Si fuera así, seríamos ciudadanos puertorriqueños. La realidad es que somos ciudadanos americanos pero vivimos como si no lo fuéramos. Nuestra ciudadanía requiere un pasaporte dentro de nuestra propia nación para que así sea reconocida. Nuestro sueño americano requiere una visa, parafraseando lo que alguna vez dijo Juan Luis Guerra en su canción “Visa Para Un Sueño”.

¿Por cuánto tiempo más el puertorriqueño tendrá que defender su ciudadanía ante sus conciudadanos en los estados? El “ELA” es el problema y eliminarlo, la solución. No lo carguemos más sobre nuestras espaldas.

Está en las manos de esta generación el concluir con medio milenio de colonialismo en Puerto Rico. Tenemos una ciudadanía que atesoramos y estamos orgullosos de pertenecer a los Estados Unidos de America, pero podemos aspirar a mucho más, muchísimo más. En nuestras manos está la herramienta para eliminar de raíz esta paradójica condición de ser y vivir sin serlo. Podemos finalmente decirle un rotundo “NO” al “ELA”, a la colonia del medio milenio, y escoger la Estadidad como solución final a nuestro problema de estatus.

Dejemos atrás el ser y vivir sin serlo, aspiremos a ser y vivir cónsonos con lo que somos. Por nuestro futuro, por Puerto Rico, seamos y vivamos como ciudadanos americanos.

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